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Vivir en la justa medianía…

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Vivir en la justa medianía…
✍🏼María Jaramillo Alanís
La Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 de Estados Unidos no es técnica ni diplomática: es política, frontal y profundamente incómoda. Dicho sin rodeos, redefine al narcotráfico como una amenaza de seguridad nacional equiparable al terrorismo.
Y eso tiene consecuencias.
Washington ya no habla solo de cárteles. Habla de ecosistemas completos: redes financieras, operadores logísticos (fuera de sus fronteras, claro)… y funcionarios públicos. Es decir, no solo quienes delinquen, sino quienes lo permiten.
Ahí empieza el verdadero problema para México.
Porque cuando el enfoque cambia de capos a estructuras, la lupa deja de estar únicamente en la sierra o en los laboratorios clandestinos. Se mueve hacia oficinas, escritorios y cuentas bancarias.
Y entonces el margen de simulación se reduce.
El mensaje estadounidense es simple: la cooperación ya no será retórica, será verificable. Capturas, procesos, extradiciones, decomisos reales. Resultados medibles o consecuencias políticas.
No hay espacio para discursos.
México queda en el centro no por casualidad, sino por realidad: producción, tránsito y exportación de drogas sintéticas. Más de tres mil kilómetros de frontera y, según el propio diagnóstico, flujos que cruzan por rutas legales. No es solo crimen; es falla estructural.
Y en ese mapa, Tamaulipas no es un punto más. Es un nodo.
Un territorio donde durante años la línea entre poder político y poder criminal se volvió difusa. Negarlo hoy no es defensa: es negación de la evidencia.
Los antecedentes pesan: exfuncionarios señalados, alcaldes bajo sospecha, figuras públicas -senadores- con relaciones incómodas y patrimonios difíciles de explicar. Historias que no sorprenden… pero que ahora importan más que nunca.
Porque cambió el contexto.
Estados Unidos ha decidido ampliar sus herramientas: inteligencia artificial, rastreo financiero global, sanciones y mecanismos propios del combate al terrorismo. Traducido: capacidad para seguir el dinero, cruzar información y señalar responsabilidades más allá de las fronteras.
Y cuando eso ocurre, la narrativa interna se tambalea.
Durante años, en México bastó con parecer honesto. Hoy, eso ya no alcanza. La presión externa exige algo más incómodo: consistencia.
Serlo. Probarlo. Sostenerlo.
Ahí es donde la política mexicana se queda corta.
Porque repetir que “la corrupción es generalizada” no es defensa: es confesión. Y repartir culpas no limpia a nadie; al contrario, profundiza el descrédito.
La 4T —como cualquier otro proyecto político— enfrenta su propia prueba. No en el discurso, sino en la acción. Decir “aquí no caben los corruptos” implica sacarlos, no solo mencionarlos.
Hay que decirlo de nuevo, Morena se llenó de sapos y ranas que hoy traicionan, pero eso sí , quieren la gubernatura y lanzan lodo a diestra y siniestra, usted y yo sabemos que JR es uno de ellos y que nadie en su sano juicio metería las manos al fuego por el senador.
Y el tiempo importa.
El 2027 está cerca, y el electorado ya no observa igual. Porque además hay circunstancias que nadie ha valorado; verbigracia Reynosa. Todas y todos los servidores públicos llevan sobre sus espaldas varios cadáveres, los más recientes; un hombre que denunció una red de huachicol y fue ejecutado, y la joven Camila, acribillada por las mismas balas que cegaron su vida. Nadie, pero nadie fue capaz de brindar consuelo público a los padres de la joven.
Los nombres que se repiten, las sombras que no se aclaran y las explicaciones que no convencen empiezan a pesar más que las lealtades partidistas.
Porque el contexto ya cambió.
Hoy, la presión no viene solo de dentro. Viene de fuera, con expresiones legales, financieras y políticas que no dependen del calendario electoral mexicano.
Y eso redefine el juego.
La clase política, completa, enfrenta una disyuntiva que no admite matices: o rompe con esas redes o termina absorbida por ellas. No en el discurso, sino en expedientes.
Porque si algo deja claro esta nueva estrategia es que el tiempo de la tolerancia se está agotando.
Y cuando se agota, llegan las consecuencias. Y no es que en Estados Unidos sean lo más decentes y honestos, son sí los más hipócritas capitalistas que quieren todas las materias primas de todos los pueblos y, las y los políticos aún no entienden que no se debe jugar con fuego.
El fondo es brutal: quien haya sido parte del engranaje, tarde o temprano será exhibido. Aquí o fuera. Por autoridades nacionales o internacionales.
Entonces ya no bastará con deslindarse. Ni con callar. Ni con negociar.
Quizá por eso conviene volver a lo básico. A lo que parecía viejo, pero nunca dejó de ser vigente. Como lo dijo Benito Juárez: vivir en la justa medianía. No como consigna moral, sino como límite real.
Porque el poder sin límites termina siempre igual.
Y la decencia, cuando no se practica, se vuelve evidencia.
Sí se puede.
Pero no con discursos.
Desde Mi Trinchera…

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